
Lo cierto es que, parece, que al final prevalece la parte más folclórica de la religiosidad, esa que muestra la pertenencia a través de bandas, medallas, estandartes, cetros, túnicas, etc... mientras ese sentido religioso más profundo e íntimo, en quienes lo posean, adelgaza progresivamente. Nos vamos quedando en los santos y vírgenes, con su ceremonia, su boato, apariencia, mientras la religiosidad más profunda se diluye y sólo parece verdaderamente anclada en una minoría real.
Sí, digamos que los pueblos, los ciudadanos, y también ocurre en Daimiel, van sufriendo un cierto desapego de los valores de la Iglesia y, en cambio, cada vez más nos aferramos a esa chatarra espiritual, y perdonen lo despectivo de la expresión por mí así sentida, que terminan por ser las numerosas procesiones que recorren, por decenas, las calles de nuestros pueblos.
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