Los políticos nunca han sabido gestionar el derecho a manifestar públicamente la indignación. Tampoco muchos de los autodenominados indignados. Alrededor de la gente que se siente con todo el derecho a proclamar su indignación sin recursos de violencia surgen siempre quienes articulan mecanismos coercitivos y abusivos, desde decisiones administrativas, y quienes instrumentalizan un movimiento de indignación para promover la revuelta, la violencia y el saqueo, desde la radicalidad más infame e incívica. Y unos y otros tratan así de desligitimar esa legítima indignación que causaron políticas económicas insostenibles y dilapidadoras y que causan políticas correctivas insufribles e inasumibles.
A los ciudadanos no les quedan demasiadas herramientas para oponerse. Ni quieren ni pueden esperar casi cuatro años como tampoco pudieron esperar esos meses previos a unas elecciones generales. Ni podemos querer que se resignen cuando son sobre los que más incidencia negativa tienen las medidas tomadas.¿Quién puede detener la indignación individual por más que se quiera demonizar y desprestigiar la indignación colectiva para diluirla entre acusaciones de abusos e intencionalidades políticas? Pues eso nos queda, la indignación personal diaria, que no parecen dejarnos otra opción.
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A los ciudadanos no les quedan demasiadas herramientas para oponerse. Ni quieren ni pueden esperar casi cuatro años como tampoco pudieron esperar esos meses previos a unas elecciones generales. Ni podemos querer que se resignen cuando son sobre los que más incidencia negativa tienen las medidas tomadas.¿Quién puede detener la indignación individual por más que se quiera demonizar y desprestigiar la indignación colectiva para diluirla entre acusaciones de abusos e intencionalidades políticas? Pues eso nos queda, la indignación personal diaria, que no parecen dejarnos otra opción.
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