domingo, 7 de febrero de 2016

EL ESMOQUIN DE IGLESIAS (Página nº 3474)

La gran sensación de la entrega de los Goya fue el smoking de Pablo Iglesias. Si para tomar posesión de su cargo como eurodiputado le sobró con unos vaqueros y una camisa arremangada, si para los debates electorales bastaba un vaquero y una camisa arremangada, si para tomar posesión del escaño en el Congreso servía un vaquero y una camisa no recuerdo si arremangada, si para asistir a las rondas de consultas con el rey Felipe VI sobraba con un vaquero y una camisa arremangada, ayer apareció en la Gala de los Goyas con un esmoquin que hizo echar en falta el vaquero y la camisa de mangas arremangadas. O es que le merece mucho más respeto el cine que la política o que quería convertirse en la atracción de la noche. ¡O ambas!

Que conste que cada cual puede vestirse como le dé la gana pero, del mismo modo, uno puede reaccionar ante eso como le parezca y creo que la gran mayoría no esperaba a Iglesias tan protocolario, tan camuflado en el estilismo de la noche, tan inhabitual.

Recuerdo que hace unos años, cuando poco después de ser incluido en la antología de poetas castellanos manchegos nacidos tras la Guerra Civil que editó la Junta de Castilla-La Mancha bajo el título "Mar Interior" recibí varias invitaciones para asistir a actos y eventos organizados por la Consejería de Cultura, Educación y Deportes. Uno de ellos era un importante concierto, en Toledo, al que asistirían los entonces Príncipes de Asturias y en cuya invitación se advertía la obligación de asistir de rigurosa etiqueta. Ni que decir tiene que, de inmediato, deseché acudir porque jamás he vestido así ni creo que lo haga en el futuro y porque, además, entiendo que se sobredimensiona un elemento como la forma de vestir a otros valores mucho más importantes. Es un problema de convicción, sobre el que uno puede llegar a estar equivocado pero que en tanto no crea que lo está debe mantener.

Quizá por eso pensaba yo que lo de Iglesias era convicción, naturalidad, incluso como parte de su pose ideológica. Pero no, allí estaba anoche de esmoquin, tan feliz como una perdiz, dejando atónitos a mucha gente, haciendo de su capa un sayo. Un poquito menos "bolivariano", un poquito más de la "beautifoul people".

sábado, 6 de febrero de 2016

ÉTICA Y ESTÉTICA (Página nº 3473)

Si a las personas que viven en este mundo les interesase más la ética que la estética, si dedicasen tantos recursos a la ética como le dedican a la estética, estaríamos más cerca de una sociedad mejor, justa, equitativa, solidaria y concienciada. Pero no.

No nos engañemos, hemos apostado claramente por la estética hasta convertirla en una fuente ingente de recursos, en una mina empresarial que atrapa una buena parte de recursos económicos de las personas, que apuesta por explotar todos los mecanismos de la creatividad para, a su modo, expoliarnos parte del salario. Buscamos lo nuevo, la marca, el estilo, la diferencia, y anteponemos eso a casi todo lo demás.

Sin embargo la ética, que es gratis, no genera negocio, incluso lo frena, lo dificulta. La ética forma parte del patrimonio personal pero no adorna, no embellece, no seduce, Desgraciadamente ya es un acto individual y solo en casos flagrantes de ausencia ética puede despertarnos cierto malestar hacia quienes se exponen así.

Todavía, o cada vez más, juzgamos a la gente por su imagen. Por eso generamos tantos recursos para, en el fondo, ocultarnos tras esa imagen que pretendamos dar, y eso ya va en detrimento de la ética porque somos perfectamente conscientes de ese uso interesado que hacemos de muestro aspecto frente a los demás. 

Deseamos un "mundo feliz" falsario donde molesta la miseria, la sordidez, la diferencia, pero no nos ocupamos de la falta de ética que ha ido produciendo todo esto porque solo molestan por que se pueden ver y estropean la imagen general y nos podrían relacionar con ella. No nos molesta por injusta sino por que no resulta estética, siempre la maldita estética avasallando a su siamesa pobre.


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viernes, 5 de febrero de 2016

NO ACABA CON LA MUERTE (Página nº 3472)


El psiquiatra forense José Cabrera, ese ubicuo personaje al que se recurre siempre que se busca la opinión de un especialista como si en España no existiera ningún otro psiquiatra forense que pudiera opinar ( y reto aquí a que me digan qué otro aparece en televisión siquiera en una ocasión aislada) ha protagonizado, por su contenido y sus maneras, una intervención a favor de la dirección del colegio en el que uno de sus alumnos decidió suicidarse con apenas once años que, cuando menos, deja mucho que desear.

Publica El Mundo el audio de una de las reuniones, a las que acude por amistad pero revestido de la fama y supuesta autoridad que le puede dar su omnipresencia televisiva, para decir lindezas como que él está allí porque le sale de los cojones, que le sobra la pasta y que todo lo que concierne a relacionar colegio y Diego es una chorrada. Pero no es lo peor, afirma que sabe todo, absolutamente todo del caso, y señala a "la dinámica familiar compleja" mientras exalta a los Mercedarios, su saber estar, su discreción que llega a extasiarle.

Yo pienso en los padres. Sin que yo me proponga erigirme en dios todopoderoso que todo lo sabe, como el doctor Cabrera, me parece que dichos padres no merecen, además de la muerte de su hijo, que alguien que está allí "por amistad" los señale como posibles culpables de un clima familiar que provocara el suicidio, y mas cuando la policía y un juez, aún, parece haber marcado otra línea de investigación no tan benevolente con el propio colegio y parecen existir testimonios de otros casos en el mismo centro que, eso sí, están por depurar y saber en qué quedan.

El doctor Cabrera está ahí por sus cojones. Dice él porque eso no basta y sin el interés y el permiso de la dirección del Centro valdrían de poco sus testículos. Más bien estará por los cojones de los Mercedarios en esa campaña depurativa de imagen que necesita ante los padres tras estar en el foco de la noticia y llenar páginas de prensa. Y tampoco le da más autoridad que le sobre la pasta, como si eso fuera un plus de criterio, objetividad y acierto, porque igual que le sobra pasta le podía sobrar, pongamos por caso, desvergüenza, intencionalidad o falsedades a "puntapala" y tanto exceso no garantiza en ningún caso la posesión de la verdad, indiscutida para él en ese papelón de infalibilidad que se arroga.

Es muy triste que el dolor no acabe con la muerte de un hijo, que aún tengan que soportar los desprecios y acusaciones de alguien que recurre, como prueba del nueve intelectual, a decir que toda la vida ha habido peleas en el colegio, que eso no es acoso. Cualquier especialista medianamente presentable sabe distinguir peleas puntuales de casos de acoso y no las igualaría jamás, pero además ningún especialista que se precie justificaría la existencia de peleas, a pesar de que ocurrieran y sigan ocurriendo, como algo que haya que normalizar hasta el punto de restarle importancia y no trabajar para que esos comportamientos vayan desapareciendo. Porque es que, según lo que dice este tipo, parece que son las víctimas los inadaptados que no asumen que es natural que se les pegue, se les insulte, se les acose y solo su debilidad para asumir lo que ocurre tendría la culpa de su situación.

Yo, sinceramente, no recuerdo muchas ocasiones en las que unas palabras me hayan indignado tanto. Trabajo treinta años con niños, intentamos atajar cualquier situación antes que se pueda consolidar una mala actitud hacia un compañero. Se nos escapan cosas, claro, sobre todo cuando suceden en espacios abiertos o fuera del centro e impera el silencio de unos y otros. Pero sabemos de la vulnerabilidad, de los liderazgos tóxicos, de la facilidad de romper equilibrios y estamos siempre intentando atajar situaciones indeseadas en las relaciones.

Pero, y vuelvo al audio, indignándome las palabras de Cabrera lo que de verdad arde la sangre es la facilidad con la que los asistentes le ríen las gracias y aplauden sus desplantes. Se percibe el colmillo, la horda, la facilidad de ponerse contra la víctima. Sinceramente, escuchando esas reacciones puedo hasta creer que los acosadores, si los hubo, se sintieran fuertes e invulnerables.


Enlace a la noticia y el audio:



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UN DÍA EN EL PALCO (Página nº 3471)

Se ha comentado mucho la invitación, y el rechazo posterior a tal invitación, al portavoz de Podemos en el Senado para asistir a un partido en el palco del Bernabeu. Y se ha comentado mucho, supongo, porque tal invitación y rechazo se ha dado a conocer a través de las redes sociales y, como siempre, esto ha servido para que unos presuman de principios y otros les acusen de notoriedad.

A mí, la verdad, esa batalla eterna me la refanfinfla, pero me pregunto qué interés puede tener el Real Madrid en llenar cada día de partido su palco con políticos, jueces, empresarios y toda persona relevante mientras decenas de miles de personas han de pagar su abono o su entrada, El Real Madrid o cualquier club que haga lo mismo habitualmente, y que conste que esto de la cortesía me parece un argumento desechable desde el primer segundo.

Vivimos en un país en el que se cobra en especia sin el menor reparo, en el que se aceptan los obsequiosos regalos de alguien sin que, aparentemente, exista motivo para recibirlo, en el que somos propensos a naturalizar este tipo de dádivas ignorando los motivos por los que podemos ser objeto de esa atención.

Ya saben, los palcos son elitistas, clasistas, cada pase tienen nombre y apellidos perfectamente estudiados, y a estas alturas no huele a gesto inocente sino a atención interesada. Y ante eso hasta se agradece que alguien doga que no, que prefiere ir pagando lo suyo, que igual que jamás se invitará allí a alguien irrelevante uno prefiere compartir la irrelevancia del anónimo, del hombre de la calle y renunciar a este mamoneo interesado.

Lo de publicitarlo ya no sé si tampoco es inocente, pues parece mucho más un acto de proselitismo político, pero plantarse y decir que no le vuelvan a mandar una de esas cartitas de invitación me parece genial y más cuando alejado del fútbol aquello se convierte en un acto social restringido que pagan los que no tienen acceso, los socios del club, para que la directiva convierta en un "club de campo" ese espacio privilegiado en un lugar de sus propios intereses personales.

No aprenderemos nunca. Se les hace el culo gaseosa por estar allí, por sentirse parte de esa élite, pero raramente son invitados por sí mismos sino por el lugar preponderante que ocupan, y solo por eso y por dignidad muchos más debieran declinar el regalito. (¡Ay, perdón, que estoy hablando de dignidad a estas alturas!, ¡pero que ignorante o qué ingenuo llego a ser algunas veces!)

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jueves, 4 de febrero de 2016

GRAN VIÑETA (Página nº 3470)

Cómo formar gobierno

La de Manel hoy en eldiario.es.

Cogiendo como referencia lo sucedido con la visita del presidente iraní a Italia Manel tira de humor ácido para retratar la situación de Pedro Sánchez y la necesidad de intentar pactar con partidos de todo pelaje y condición y para lo que servirá de poco repetir "programa, programa y programa".

Lo más genial esa caja ya preparada tras la E de español, presta a colocarse si hace falta.


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EL ANIMADOR SOCIO-CULTURAL (Página nº 3469)

Hubo alguna vez una Caja de Castilla-La Mancha. Por y para qué nunca lo sabremos con seguridad aunque el que fuera su presidente, sin más mérito que el amiguismo, la militancia y la endogamia interesada, ahora dice que él era algo así como el animador socio-cultural, el patán representativo que aceptó un cargo para el que no estaba preparado y cuya misión no era saber de qué iba la cosa. Es su estrategia para tratar de salir impune de su despreciable gestión, esa que terminó por liquidar la entidad y tener el mérito de ser la primera intervenida con la crisis.

Pero Juan Pedro Hernández Moltó si tenía formación suficiente porque se licenció en Ciencias Económicas, no era un idiota sin más, sumaba experiencia gestora como Consejero de Hacienda y Economía durante años en el gobierno de José Bono, se encargó como diputado en el Congreso de temas económicos y, en definitiva, no llegaba al cargo de presidente de la Caja  por otra cosa que su perfil de gestor económico y su probada fidelidad a quien lo aupó y no porque hubiese devenido en un "public relations" para animar los cotarros culturales untados con la generosidad de la entidad financiera que presidiría durante diez años.

A uno le aburre este recurso de los listillos de turno, cuando se trataba de medrar y trepar, de hacerse pasar por tonticos de baba cuando la justicia les toma por los huevecillos. Entonces la arrogancia, la prepotencia, la altanería, la soberbia, la petulancia, la altivez y la jactancia con la que se desenvolvían desaparece y en curiosa metamorfosis del capullo sale el lerdo, rucio, tardo, inepto, obtuso, zote y negado que estaba allí casi sin quererlo y sin saber de qué iba la hebra. Y Hernández Moltó, carente de cualquier originalidad, ha confiado su defensa en pasar por ser un tonto a las tres, un girulo, un tarugo, un cagalástimas que desconocía lo que allí pasaba, se limitaba a firmar lo que le ponían en la mesa y zascandileaba de festín en festín, de inauguración en inauguración, de evento en evento, melenita al viento, que era, dice él, para lo que le tenían allí.

Demasiado buen sueldo para tan idiota, demasiada responsabilidad para tan mentecato, demasiada mentira para un tipo que se desenvolvía en la primera división política y mostraba ser muy vivo y capaz.

Puede que consiga engañar a algunos pero no a la mayoría con ese papel sobrevenido de cenutrio, de cipote, de cerril bajo el que quiere cobijarse. Él, como presidente, era el responsable máximo de la Caja de Castilla-La Mancha y, a mi juicio, debe pagar por su horrorosa, pésima, dañina gestión que recayó también sobre muchos castellano-manchegos y le consagra como culpable de la desaparición de una entidad que de no haber estado sometida al capricho e interés político hubiera jugado mejor papel en la economía de la región.

Ya sé que judicialmente es mejor pasar por tonto que por sinvergüenza, pero tonto no era, más bien un listo, un pasante, un licenciao que ahora debe pagar por sus decisiones si los jueces así lo estiman.


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