Nos guste o no nuestro país siempre ha sido tolerante con la corrupción. Podemos llamarlo picaresca, viveza, espabile o como nos dé la gana, pero está integrado en nuestro carácter e incluso le atribuimos un claro sentido positivo a ese ejercicio de engaño que a veces lleva hasta la admiración y relevancia del corrupto. Pero, además, todo propicia la corrupción en nuestro país, desde el menudeo de pagar trabajos sin iva o contratar para las chapuzas a gente no dada de alta hasta las corruptelas de gran nivel como el otorgamiento de proyectos urbanísticos o constructivos a quienes paguen el peaje, la utilización de información privilegiada y otras prácticas que, aún difíciles de demostrar, campan a sus anchas en la vida política, económica y social de España.
Todos llevamos un presunto corrupto dentro, lo cual no quiere decir que forzosamente lo seamos. Pero encontraremos muchas circunstancias en la vida que nos pondrán a prueba. No sólo con ese menudeo antes dicho. Durante muchos años era casi imposible comprar un piso de nueva construcción sin pagar una parte en negro, y salvo que desestimases comprarlo o te convirtieras en contratista particular de tu propia obra era complicado no entrar en esa dinámica, y aún así no lo tenías seguro esquivarlo en la compra del suelo, de materiales, etc... Durante muchos años se caía en la fácil tentación de escriturar por menor valor de lo costado, con la idea de pagar menos impuestos, y sabiendo que si jugabas con proporciones razonables al fijarlo el ahorro sería siempre importante. Eran prácticas normales, naturales, a las que no concedíamos carácter de corrupción aunque lo fueran y de las que nos distanciábamos para no comprender que tales sólo beneficiaban, a la larga, a quienes cobraban en negro porque los precios subían y subían y el negocio les era redondo.
Es evidente que soportamos peor la corrupción en los políticos o en los grandes empresarios o en los banqueros que en el resto de los mortales. Pero no estamos exentos, no somos ajenos, porque conocemos esos otros grados de corrupciones que siendo menos relevantes la normalizan, la interiorizan, crean el caldo de cultivo necesario para que se dé todo lo demás. Quizá la única diferencia y que incrementa la gravedad de los políticos es que ellos tienen los instrumentos necesarios para luchar contra la corrupción y casi siempre prefieren sumarse a ella.
En esta tesitura me pregunto si somos más corruptos que hipócritas, no queriendo asumir que la corrupción no es un problema de unos pocos, o que somos más hipócritas que corruptos dirigiendo nuestras iras a esos pocos para no asumir que todos, y digo todos como colectivo, tenemos parte de responsabilidad en esta situación endémica de nuestra historia como país.
Y no sé contestar a esa pregunta.
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