No confundamos temas. El botellón, como fenómeno social, parece más que una moda pasajera y el objetivo de hacer que éste, casi inevitable, se desarrolle en una zona donde se pueda evitar el impacto de ruidos y molestias puede ser loable y ya formó parte de todos los programas electorales presentados en 2011 por los partidos que han obtenido representación en esas elecciones municipales. Otra cosa bien distinta es que lo que todos vinieron a denominar zona de ocio se haya podido quedar en botellódromo con baños y poco más y aquí aparecen otras cuestiones como si las alternativas de ocio existen, son atractivas, son suficientes, no se quiere otra cosa que beber y hablar con los amigos sin el coste que supone esos precios desorbitados de los bares de copas y todo aquello que da para un largo debate.
Pero lo que es más difícil de entender es que sea sabido que en la instalación municipal conocida por "botellódromo" el consumo de alcohol entre menores, algo que la ley prohibe taxativamente, es frecuente y numeroso, y sobre eso no cabe modas ni conformismo alguno, entre otras cosas porque el ayuntamiento debe velar porque las leyes se cumplan no solo en aspectos de seguridad o capacidad sino en los términos de compra y consumo de alcohol en edades no permitidas, y aunque duela eso no se está haciendo correctamente. Y podremos culpar a los padres, a la educación recibida, a las costumbres, a lo que se quiera, pero si los menores compran con facilidad alcohol y luego lo consumen en un sitio público, municipal en este caso, sabiendo la incidencia de estas bebidas en esas edades, con casos más frecuentes de lo normal de chavales ebrios, otros atendidos en urgencias, pues llegamos a la conclusión de que el botellón por sí mismo no tiene que ser malo pero las condiciones en que se da en Daimiel son demasiado permisivas en cuanto a esas franjas de edad por debajo de los dieciocho y sobre lo que no podemos responsabilizar exclusivamente a los propios menores cuando no se hace todo lo que se debe para protegerlos.
Insisto, el botellón es una cosa y el alcohol comprado y consumido por menores, aunque se lleguen a solapar, es un hecho infinitamente más grave. Si al primero se le ha dado una solución más o menos compartida al segundo de los problemas se le ha prestado escasa atención y las soluciones no parecen haberse abordado ni con responsabilidad ni con profundidad.
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