Terminas de escuchar a la Presidenta del Consejo General del Poder Judicial en su discurso en la apertura de curso judicial y piensas que esta señora vive en algún otro país distinto al nuestro y, todavía más, dudas del nivel analítico que vislumbran sus palabras frente a la realidad y, cómo no, frente a la opinión de buena parte de la ciudadanía. Tampoco es que extrañe que la casta judicial, que solo tiene que rendir cuentas ante ellos mismos y dado su corporativismo eso significa que tal rendición de cuentas ni se realiza, corra a esquivar la autocrítica y solo busque blindarse con el aburrido parapeto de que es injusto que se les critique. ¿Por qué?, ¿dónde dice que los jueces sean infalibles?, ¿dónde acaso que no puedan ser objeto de crítica cuando meten la pata?, ¿desde cuándo pueden opinar de todo pero nada en ellos puede ser opinable?
La realidad es que un juez, objetivamente, es solo un profesional de su trabajo y carece de más valor que cualquier otra profesión digna. Ninguno alcanza grado de magneficiencia y honor por aprobar una oposición como si aprobarla le atribuyera un poder omnímodo per se, una especie de carisma y sapiencia caída del cielo. Y por tanto solo sus actuaciones y decisiones aportarán la dignidad y el buen hacer que no se obtiene de otra manera. Y puesto que son decisiones y actuaciones todas ellas serán objeto de fiscalización, análisis y crítica. Así que un juez, en el ejercicio de su labor, puede ser criticado mil y una vez como cualquier otra persona.
Pero es que, además, un juez está para hacer justicia. Me cabrea esas etiquetas de jueces conservadores y jueces progresistas cuando a un juez lo que se le pide es que sea juez, se olvide de sus prejuicios (que los tienen), de sus preferencias (que las hay) y de sus simpatías (que cada uno posee pero no deben condicionar sus actuaciones). ¿Por qué alguien que acude a los tribunales buscando justicia ha de preocuparse si le toca un juez etiquetado de conservador o de progresista creyendo que eso puede cambiar el resultado del juicio? ¡Pues eso sucede y lo vemos con cierta frecuenca!
Pero además es que admitiendo que en el ámbito personal e íntimo cada juez puede pensar lo que le dé la gana y tener las afinidades políticas y morales que crea, los jueces no están para hacer política y estamos viendo muchas actuaciones que van en sentido contrario, queriéndose convertir en actoras políticos de primer orden. ¿O no fue eso lo que pasó con la famosa protesta de las togas ante una ley inexistente?, ¿o no fue eso el rastro discutido y afeado desde Europa de otras sentencias?, ¿o no fue eso también el disparate de la condena al Fiscal General del Estado descartando testimonios no convenientes y culpando al entorno indefinido como sujeto culpable?, ¿o tampoco es suspender la aplicación de la "Ley de Nietos" en virtud de un futurible? Y ahí seguimos mientras la señora Perelló se hace la ofendida, niega la mayor y casi propone convertir en delito a crítica a los ropones.
Lo cierto es que están ahí, como perrillos saltando cuando los políticos reparten sus chuches en forma de cargos en el CGPJ, el Constitucional y desde ahí en los tribunales superiores sin que realmente pesen los méritos profesionales sobre las afinidades o jugando a la política aceptando puestos de los que vuelven, una vez dejados, a sus tribunales sin transición alguna pero ya marcados de por vida por esa afinidad aceptada y a pesar de que les moleste que se la recuerden.
¿Qué quieren si luego los vemos juzgando a quienes los nombraron y, en algunos casos, con claro mosqueo de que eso tiene una influencia en sus decisiones?
Es verdad que la mayoría de jueces quieren hacer bien su trabajo pero no es solo eso, callan y por tanto otorgan, y ahí si cabe generalizar. Si se movieran hoy la Justicia sería mejor y más creíble.


