Daimiel tiene un problema con las mierdas. Fijamos la atención en la de los canes pero despreciamos la importancia de esos otros excrementos como son los de las palomas. No hay nada más que pasar por el entorno de Santa María para ver el rastro que dejan las palomas y aún es peor imaginar cómo estarán los balcones y terrazas de esos pisos cerrados donde las aves se han hecho fuertes y donde los excrementos deben contarse por kilos.
No es que esté contra las palomas, pero sí estoy a favor de su control poblacional y por tratar de que la convivencia con estos animales implique que los daños colaterales se minimicen, teniendo en cuenta que esa coexistencia no está exenta de problemas y que sus residuos tampoco son inocuos para la salud.
Ya en muchas localidades, conscientes del problema, se trabaja con sistemas y métodos testados como efectivos para menguar la cría y reducir la población progresivamente o, incluso, se llevan a cabo procesos experimentales que tratan de salvaguardar la vida de las aves ya existentes pero evitando y condicionando su proliferación de modo que poco a poco se reduce el problema.
Ya no es solo un problema de imagen, lo es de higiene y salubridad, que guste o no las palomas están catalogadas en algunos lugares como plagas urbanas potenciales que deben ser controladas en su densidad y me consta que hay bastante malestar en algunos vecinos de esa zona concreta.
Guste o no es un problema en el que el Ayuntamiento juega un papel importante. Aquí a los ciudadanos hay que pedirles sensatez, que no las alimenten, pero actuar casi escapa a sus posibilidades salvo que llenemos todo de púas mallas o rejas, sistemas electrónicos de ahuyentamiento, etc... que son actuaciones individuales que resuelven el problema personal o lo derivan hacia otros y lo que se necesita en una actuación global y coordinada.
Habrá quien piense que se trata de un problema menor, que hay otras prioridades, pero estoy seguro de que para los vecinos del entorno de Santa María sí es importante y hay que actuar.
