Escucho, de nuevo, la entrevista a José Mujica en "Salvados" y trato de imaginar alguien así en España. Imposible. Y ojo, no me refiero a su ideología política, ni a vivir en esas condiciones ni digamos a todos esos aspectos más o menos anecdóticos que pueden confundirnos. Yo trato de imaginar una persona cercana, autocrítica, próxima a la calle y a los problemas de la gente, apenas ambicioso en lo personal, y no lo veo por ningún lado.
No pretendo decir que Mujica sea el modelo único pero trato de recordar si algún presidente español no se ha ido distanciando de los problemas, si ha parecido sincero alguna vez en sus comparecencias, si ha ejercido una autocrítica real de forma pública sin temor a aparecer vulnerable, si ha mantenido una trayectoria coherente, y me parece que nunca ha sido así aquí ni lo va a ser.
Ya ni me refiero a la honradez intelectual pero es que nunca he percibido sinceridad, un discurso más o menos espontáneo al tratar los problemas del país o del mundo. Siempre han sucumbido a la imagen, el recelo, el discurso estudiado, la imagen impoluta, los silencios, las preguntas pactadas o las no preguntas, la distancia, el control, haciéndose casi ajenos a la ciudadanía, poco creíbles, en otro nivel.
A mi no me gustan los gobernantes populistas porque huelen a mentira desde kilómetros pero tampoco aquellos tan inaccesibles que no nos vinculan. Y este hombre me hace pensar que, aparte de sus aciertos y errores, que serán muchos a cada lado, no tiene nada que ver con los políticos a los que nos hemos acostumbrado, tan poco naturales y tan distanciados que solo nos buscan cuando nos necesitan.
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